Ayer todos los fans del World of Warcraft se dieron cita en Madrid para el evento organizado con motivo de la salida de la última expansión, Mists of Pandaria.
Cientos de personas asistieron a las diversas actividades que se organizaron, que iban desde exhibiciones de artes marciales, concurso de cosplays, conexiones con otras ciudades y charlas con algunos de los creadores.
Pero el principal atractivo era que a las 00:00 se podía adquirir la tan esperada expansión.
Para ello, te daban una pulserita con un número para poder entrar y hacerte con el juego. A mí, que llegué casi a las diez de la noche, me dieron el número 851.
Después y si la paciencia te daba para esperar la larga cola, podrías llevarte tu ejemplar firmado.
Y bueno, con un poquito de ayuda de un amigo, entramos hacia el número 320 y nos pudimos hacer con los nuestros.
Ahora solo queda darle duro y disfrutar de nuevo del que es sin lugar a dudas es el mejor MMORPG de todos.
Tu trágico destino te aguarda, hija de dioses.
Tu verdugo se afila las uñas y se lame los dientes.
En la tranquilidad de la naturaleza, el dios del inframundo te raptó para hacerte suya.
Bajo la tierra hallaste el tortuoso placer del dolor y la muerte.
Encerrada en el frío y la humedad en la que cada noche Hades te sumerge.
Sólo el verano te podría salvar,
un verano que nunca llega.
Aunque ya eres más suya que de nadie.
Envidiada por una ninfa que lloró un río de lágrimas amargas,
en el que no consiguió ahogarte.
Llegó el día en el que tramposo dios accedió a dejarte marchar, con la condición de que no comieras ningún alimento del inframundo.
Engañada por él mismo, comiste del fruto prohibido.
Y tu salvación desapareció, manchada de ese mismo color rojízo que tu lengua delata.
Tu condena ahora es eterna.
Ese dios al que temías y amabas, será siempre tu dueño.
Y nadie se apiadará de ti, ni de tu amarga condena.
Y le pertenecerás, como lo hiciste siempre.
Esa tranquilidad que precede al tornado.
Y se precipita, atronador, de forma imparable, potente, imposible.
Tras la larga agonía de la vida, sin pararse a pensar en lo vivido y perdido. "Dáles descanso eterno, señor".
Como quien te coge la cara con fuerza para que le mires fijamente a los ojos y sea imposible huir de su mirada. " Es el día de la ira"
Lo inevitable aporrea la puerta y las voces se alzan."Señor ten piedad"
Voces como deberían tenerlas los ángeles, de la mano de violines, violas y cellos. Atormentados por fagots, contrabajos, timbales y trombones, acariciados por un orgáno templado y una trompeta magnífica.
No te atrevas.
Yo no lo haría.
No se trata de una amenaza, ni de una advertencia, la decisión es solo tuya.
Si cruzas, lo harás por tu propia voluntad, pero será lo primero que perderás.
Y podrás luchar,
podrás gritar y patalear,
renegar de lo otorgado,
reclamar lo perdido,
pero ya será tarde,
me pertenecerás.
No pienso seducirte,
no te diré que aquí serás feliz,
no habrá nanas para dormir,
ni besos al despertar.
Sencillamente estarás sin tu cordura,
ejerciendo ese poder que sólo tú tienes sobre mí.
No cruces.
En mi mundo nada es lo que parece,
solo en tus pesadillas podrás vislumbrar sonrisas,
desapareceré a mi capricho,
y me tendrás únicamente cuando creas que me has perdido.
Pero si lo haces, espero que vengas con hambre.
Mi cuerpo y mi alma en mi mundo se mastican,
y quizá sea algo que ni merezcas.
La devoción del perturbado es lo que nos hace diferentes,
yo te hago un ser único,
te hago diferente.
Sucede que cuando estoy triste, enfadada o precupada por algo, me da por refugiarme en la moda.
Quizá
sea porque es un recurso fácil, superficial y accesible para cualquiera
que quiera entrar en él (otra cosa es que consigas acomodarte y te
hagas residente)
Sucede que hoy me he empollado todos los "September Issue" hasta casi los comienzos de los noventa... y que seguramente en breve me vaya de compras a darme un buen atracón y a sentirme culpable después.
Pero entre océanos de ropa, montañas de zapatos, toneladas de potis y cosméticos, modelos, precios...yo solo puedo pensar en ti.
Sonríes.
Sonríes y enseñas los dientes como el depredador que eres.
Como una advertencia.
Con el tempo de los latidos de tu corazón se podría hacer una marcha militar.
Intentas pestañear lo justo para que tu mirada resulte más directa, mas seria.
Pero tú mismo te delatas, todo esto te gusta demasiado como para alejarte y escapar.
Con la seguridad del vencedor patológico, te atreves a predecir un futuro incierto que ni tú ni nadie conoce.
Y amenazas y avisas, queriendo dejar bien clara tu postura. Reafirmando tu autonomía, tu seguridad, tu rebeldía y tu clara superioridad sobre todos los demás.
Eres lo suficientemente inteligente para saber que todo eso no me importa.
Y me odias.
Y ahora que todo comienza a ponerse por fin interesante, que tú ya no eres tú, que ya eres un poco más mío, lo quieras o no; comienzas a arañar y patalear.
Pero no importa quien tenga el poder,
no importa quien vaya a por quien,
no importa en cuantos trozos nos rompamos,
ni el rastro que dejaremos para no perder nuestra identidad.